domingo, 26 de abril de 2015

III



     Veintiséis de abril de dos mil quince o, más conocido como el día que volví a escribir para nada bueno.

     Resulta que, contra todo pronóstico, he sido un poco feliz durante mi ausencia (pero aquí estamos para hablar de dramas, no nos desviemos mucho del tema). Empecé a sentirme bien en el trabajo, me apunté a actividades con gente (y no con ordenadores) para no dejar mucho tiempo a eso de pensar, así que medio cumplí con mi propósito de año nuevo: estaba orgullosa de mí misma. Y como la cosa parecía mejorar (nunca os fiéis de cuando las cosas mejoran solas, es una trampa), decidí dar un paso más allá y permitirme eso de conocer a alguien. Después de más de un año sin tener ningún acercamiento, en todos los aspectos, al sexo opuesto, ya no me acordaba muy bien del maravilloso arte del cortejo y en ocasiones solo tenía ganas de volver a mi zona de confort (esa de la que nunca debería haber salido). Pero quien no arriesga no gana; puede que lo único que ganes es un disgusto, pero algo es algo. Quien no se consuela es porque no quiere. 

     A todo lo anterior sumamos que conozco a una persona en internet (sí, internet) y mi cerebro empieza a mandarme señales en forma de sueños eróticos; y mi parte esotérica se pone cabezona con que lo conozca, que a lo mejor esta alineación de ganas y sueños quiere decir algo. 

     Me visto con mis mejores galas y acudo a la primera cita en la que por casualidad me entero de que el susodicho cumple los años el mismo día que mis dos últimos novios. Alarma anti despechos activada: -¡HUYE AHORA QUE PUEDES! Pero yo, creyéndome valiente de la hostia y capaz de un desahogo sin que implique nada más, le pego un trago a la cerveza y sonrío. 

     Luego fue bien, hasta que empezó a ir mal. 

     Es veintiséis de abril de dos mil quince y vengo a deciros que no os engañen. Que si tu príncipe de película no aparece, no te conformes con cualquiera que pase por delante. Aprender a dar cariño es genial, siempre y cuando el candidato a ser querido tenga ganas o intenciones de que lo quieran.

     Que da igual que nunca te salga como te gustaría, que ya vendrán rachas de cumplir propósitos de año nuevo en los que se te hincha el buche solo de ver lo bien que lo estás haciendo. Y que mientras eso no llega, sepas que: SOLA Y VACÍA SE ESTÁ DE PUTA MADRE.

martes, 2 de diciembre de 2014

II


     Aquí me veis, sigo viva. Después de una semana y dos días de trabajo con un intenso fin de semana (en Toledo, sí, viaje y todo) de por medio, puedo decir que soy un poco más mayor y un poco más feliz, o lo que es lo mismo, un poco más conformista.

     Retrocedo en el tiempo, me remonto exacticamente a un día antes de empezar mi peregrinación hacia la vida de adulta top: miedo, ira, un “esto no es pa’ mí pero quiero dinero  y comprarme ropa a diestro y siniestro”, which no es muy de adulto; entenderéis que no voy a madurar entera de golpe (bastante tengo con aguantar nueve horas con la mente en efervescencia). Ahora retrocedo algo menos, exacticamente dos días después de lo anterior: inseguridad/típica congratulación de empezar algo nuevo y un muy claro “como intentes quitarme/joderme el trabajo, no lo cuentas, colega”.

     Es curioso como uno puede tener miedo a no saber si quiere algo y al día siguiente querer luchar por ello como si fuera lo último que te queda en la vida, aunque en el fondo pienses “joder, ni que hubieras fundado la empresa, duérmete y calla”. Pero, la ansiedad no es amiga de nadie, y contraataca obligándome a examinar cada mirada del jefe, el que DE MOMENTO, no me da razones para llorar más que San Amaro; pero quién necesita razones, teniendo mi cabeza híper pensante.

     Vuelvo al presente. Y he pensado una cosa. Mi propósito de año nuevo (sí, también se pueden hacer propósitos de año nuevo en diciembre, nunca es tarde si la picha es buena) es no preocuparme por algo antes de que ocurra, lo cual veo difícil dadas mis tendencias obsesivo-compulsivas peliculeras. Pero me lo estoy tomando en serio: “Hola soy Marta, y llevo dos días, una hora y veinticinco minutos sin preocuparme”. Esto, queridos amigos, también es hacerse mayor (concretamente, dos días, una hora y veinticinco minutos más mayor), y si eso conlleva ser un poco más feliz (y un poco más conformista) creo que me está empezando a gustar.

     Reply soon,
     Marta

 P.D: Y dijo el señor: “a los malos os los señalaré”. Más de una vez narraba esto el salero, algo que nunca entendí hasta hace muy poco; ya decía yo que era imposible que mi casi abuelo alguna vez no tuviera razón.

domingo, 23 de noviembre de 2014

I


     Me levanto, es domingo. No un domingo de esos en los que no piensas por la resaca, no. Un domingo,  que además de ser un día después de un sábado en el que lo único que bebí fue agua, es un día antes de mi primer trabajo de verdad (o eso se creían tanto mis padres que al final he terminado creyéndome yo). 
 
     Es tarde hasta para ser domingo, no he desayunado y acabo de revisar dos textos de una amiga. Lo que me hace acordarme de nuevo de mi trabajo de adulta de mañana, no es que no me hubiese acordado ya, pero tampoco me ha ayudado para la evasión. Lo peor, si es que hay algo peor que tener más miedo que uno que tenía mucho, es que es domingo y lo único que se me ocurre es encerrarme en mi batcueva a 26ºC (literalmente, la calefacción de mi habitación está estropeada y no se dispara). Me destapo (sí, aún estoy en la cama) y también me quito el pijama; todo antes que abrir la puerta y dar a mis padres la oportunidad de asomar el hocico para ver qué se cuece por aquí (más que claro que la que se cuece soy yo y no sé por qué me autoengaño, van a abrir la puerta igualmente e intentarán adivinar si los ojos llorosos es por día depresivo o por la casi borrachera de la temperatura).  

Padre gritando desde los confines de la casa - ¿Piensas bajar?
Hija – ¡Sí (pensando en no), jawoooooohl!

     Y, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Se me quita el miedo de mañana; y me viene la desgana unida a la ira y un poco de “¿por qué, señor? ¿por qué?”.  Aquí estamos, cuatro en una casa hecha para al menos diez, pero en la que solo nos soportamos cuando estamos, a lo sumo, dos. No sé a quién odio más (un odio de mentirijilla, tampoco soy tan dramática), si al padre, a la mother mine o a la tercera en discordia, véase hermana de 17 años con pavazo del calibre tres.

     Lo único que pienso es: con mi primer sueldo me voy a vivir sola, me compro un iPhone y… mierda, necesito un coche para ir a currar, así que también me tengo que comprar un coche. Me huelo que para todo no me da el sueldo. Y me huelo que no quiero estar aquí. No aquí de aquí de mi casa; no quiero aquí de aquí de mi querido pueblo/ciudad/país (ahora sí que nos está dando el drama); así que poca solución es irme a vivir sola. Pero, si me preguntas ¿a dónde si no? Pues tampoco sé contestarte. Es el tiempo y el lugar de no saber qué hacer con tu vida. Terminas la maldita carrera, vuelves a casa de los papis…, vamos, el topicazo más cierto de todos los tiempos.

     Sé que algún día todo volverá a tener sentido, espero que ese día sea mañana a la hora de comer, cuando haya pasado la primera prueba y descubra que hacerse mayor a veces, PERO SÓLO A VECES, es bien.

     Tendréis noticias mías,
     Marta